HONRAR A LOS PRÓCERES
Mi paso por el Palacio de Justicia de Toluca me permitió advertir un sinnúmero de maravillas en ese histórico sitio. Hoy, en momentos de mayor serenidad y disfrutando de las reflexiones, resulta importante el reencuentro con la historia.
La lectura de aplicados articulistas que escarban en la historia mexiquense, nos conduce con sus letras a mirar la entrega de mujeres y hombres a las causas más nobles de nuestra entidad.
En el histórico Salón de Plenos del Palacio de Justicia se muestra el retrato de un hombre cuya figura -a prima facie- denota sabiduría.
Después de un poco de quehacer literario, pude indagar de quien se trataba, descubrí al gran abogado de Jilotepec. Me refiero a ese hombre preclaro que fue Don Andrés Molina Enríquez, Magistrado del Tribunal Superior de Justicia que viera la luz en 1868 siendo hijo de Don Anastasio Molina.

Doralicia Carmona, en su “Memoria Política de México” destacó la vida periodística de Don Andrés Molina Enríquez, Notario de Jilotepec e integrante del Gabinete de Gobierno y de la Judicatura Mexiquense.
Férreo defensor de los derechos indígenas, Molina Enríquez fue un sociólogo nato convencido de que los problemas humanos surgen fundamentalmente por el medio social que consume a las personas, de ahí que también como educador pensaba en la necesidad de trabajar en instruir a la gente para bien construir una sociedad mejor.
Desde el enfoque de Doralicia Carmona, nuestro ilustre abogado mexiquense trata de modo principal los temas siguientes: “la cuestión agraria, el mestizaje y la defensa de un poder político fuerte”, concluyendo que “de la inminente revolución que podría venir si no se atienden estos problemas…” de ahí que se le haya considerado como el profeta de la Revolución Mexicana.
Molina Enríquez -el hombre del retrato- profuso divulgador de los derechos de los pueblos originarios, pensaba como un hondo indigenista y actuaba como un servidor público ejemplar.
Pero su obra no queda ahí, Andrés Molina Enríquez enfrenta la indiferencia de los políticos prerrevolucionarios por las causas campesinas, llegando su voz a encontrar eco en Francisco Villa y otros luchadores sociales zapatistas, lo que lo llevó a participar en la lucha armada proclamando el “Plan de Texcoco”, al cual se ha considerado la semilla del posteriormente llamado “Plan de Ayala”.
Al concluir la lucha armada, Molina Enríquez asistió al Congreso Constituyente de 1916-1917, participando incluso, en la redacción del artículo 27 constitucional del cual se ha considerado que “si bien su proyecto inicial no fue aprobado, buena parte de sus ideas fueron recogidas en la versión final” (Doralicia Carmona).
Andrés Molina Enríquez fue Juez en el Municipio de Tlalnepantla y Magistrado del Tribunal Superior de Justicia del Estado de México -lo que constituye un privilegio para quienes pertenecemos a esta institución en la actualidad-, siéndolo hasta su fallecimiento en el año de 1940; un hombre de su tiempo y un jurista para siempre, de mente clara y opinión polémica, sin medida nos legó su amor a la tierra y su entrega a la ley escrita por la que ahora nos debemos cada mujer y cada hombre que vive y entrega su esfuerzo por cada montaña, por cada río, por cada causa, por cada pueblo y comunidad de esta patria mexiquense.
Bien vale la exhibición de su figura egregia en ese recinto, para conducirnos a reflexionar en la importancia que constituye honrar a los próceres.





