Los actuales, son momentos de mucha convulsión en el mundo, el mapa de la geopolítica mundial se está modificando estrepitosamente; la incertidumbre de los mercados tanto como de los escenarios políticos es el pan nuestro de cada día; las decisiones de los poderosos resultan inesperadas e incluso, muchas de las veces inadmisibles.
El derrumbamiento del Estado-Nación ha hecho emerger al Estado Global como un leviatán con todos los horrores de la nueva era: violencia, terrorismo, guerra y pobreza. Los populismos de derecha o izquierda resultan controversiales, pero demuelen sin duda a la democracia occidental tal como la hemos conocido y vivido.
Pero en medio de todo este maremágnum prevalece el derecho (legítimo o no), es decir, la cultura jurídica que el género humano ha venido construyendo y esculpiendo a golpe de cincel histórico. El derecho existe desde tiempos inmemoriales como un constructo humano, con todas sus vicisitudes y sus valores históricos; desde las doctrinas del derecho divino de los reyes hasta la última decisión legal y política que esta mañana asumió Donald Trump en el estrecho de Ormuz.
Justicia y derecho forman parte de la cultura jurídica con variantes sustantivas. El derecho es teoría, cultura, filosofía; la Justicia es un ideal, una promesa humana y en esa variabilidad hemos vivido y persistido para alcanzar dicho ideal.
En medio de la crisis que nos recorre, debemos identificar una vez más para que nos sirve el derecho ¿por qué lo hemos construido? Estimo que la respuesta, cualquiera que sea, será siempre una lección para todos nosotros, generaciones presentes y futuras.
El Estado existe para la procuración del bien común y lograr el bienestar social, otorgar seguridad jurídica y justicia, al menos son las creencias en que se basa nuestra civilización y para lograr todo esto es necesario mezclar los ingredientes de la argamasa institucional que debemos levantar.
Pero el Estado, como hemos advertido, se ha deteriorado. La fragilidad institucional es el sello de nuestro tiempo; la fe en los gobiernos y en los “hacedores de justicia” (operadores jurídicos) se ha debilitado. En medio de todo ello, los jueces tenemos el indómito compromiso de hacer valer la ley en aras de la justicia; pero el dogmatismo del argumento ya no es funcional como pretexto de una hiper especialización técnica a cargo de unos cuantos (los verdaderos sabedores del derecho) frente a la imperante necesidad de resolver los problemas sociales de las personas en todos los órdenes. Es el dogmatismo del derecho y de la lengua frente al hartazgo de las personas y de la permanente inconformidad por los resultados.
Es entonces que debemos transitar hacia una noción distinta de la democracia, hacia una más profunda, aunque más social y deliberativa que permita lograr una Justicia funcional, en el sentido en que Louis Dumont, el antropólogo francés pensó en que “Nunca debe perderse el sistema de creencias en las sociedades humanas por virtud que el mismo las sostiene”. La Justicia va en ello.
Los juzgadores debemos entonces reorientar el quehacer jurídico desde una perspectiva social que impida que la técnica jurídica ortodoxa prescinda de la idea de justicia. El derecho es una obra humana y los operarios jurídicos debemos tener la lucidez para moldearlo. Desde luego que el sistema de Justicia necesita expertos, sí, pero con un profundo sentido social que dé respuesta auténtica a los reclamos.
Este espacio no es más que una sencilla reflexión de aquello que se percibe en el día a día de los tiempos que corren y a su vez una preocupación por defender los intereses de aquellos que aún ponen en nuestras manos la confianza que por tradición corre en suerte de los juzgadores.
La unión de la razón y la realidad social nos permitirá alcanzar la verdad, el sentido común del derecho y la eficacia de la justicia.
Bien lo expresa Fustel de Coulanges en su erudito estudio sobre “La Ciudad Antigua”:
“Atenas tenía Magistrados especiales a los que llamaban guardianes de las leyes; pero el pueblo era considerado como impecable. Tales eran las reglas a las que la democracia obedecía…”
Mario Eduardo Navarro Cabral






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