Me gustaría expandir aquí la idea sobre esa relación subyacente entre derecho, justicia y literatura; es un momento de reflexión histórica en el México contemporáneo y en el mundo global en que vivimos, y me parece que abordar este tema -por demás sensible- nos hará pensar más hondamente en la función social que los jueces tenemos en la historia de la humanidad.
Esta cavilación surge en la relectura de aquella novela fantástica de Alejandro Jodorowsky que trata sobre una bella mujer albina, la cual en una especie de nahualismo se transforma en perro para llevar a cabo actos, aquí indescriptibles; un libro cargado del barroquismo propio del autor, quien no se anda con rodeos para realizar descripciones explícitas.
Hay un momento sublime de la novela, en el cual los protagonistas, envueltos en una peripecia mortal se encuentran al pie de una montaña, y la bella mujer dice a su interlocutor: “Tienes que aprender a ser el testigo, nunca mezclarte en un conflicto; mira la montaña, no interviene en los cambios del paisaje, ni tampoco viaja con las aves que emigran; impasible espera el fin del tiempo, para encontrarse allí donde no es…cuando logres esto, te llamaré maestro.”
Más adelante expresa: “Demuestra que, siendo maestro, podrás entonces transformar tus deseos en un estado de imperturbable paz…”
La conjunción de elementos en el relato me llevó a una analogía entre la literatura y la justicia, en la cual aquella montaña sería un testigo impasible, imparcial y confiable por su rotunda experiencia; pero también podría ser el juez inmutable, racional y prudente que asume la decisión más sabia, es decir, el maestro que transforma su entorno en esa “imperturbable paz.”
Creo entonces que vincular el relato con la función judicial, puede transitar de lo sublime a lo ridículo, pero en un adecuado contrapeso, justicia y literatura pueden mejor producir un resultado magnífico. Una justicia que no provenga, precisamente de las frías constancias de un procedimiento judicial, sino del ánimo de un juzgador educado en la literatura, es decir, en la sensibilidad y el humanismo, porque la literatura es cálida, educa y forma a las personas, pero lo más importante, hace comprender a los jueces la cultura y la realidad a través de un sentido crítico. Así, literatura y justicia son revelación.
Si bien el valor de las leyes y de las garantías para otorgar una tutela judicial efectiva, es imprescindible, también lo es comprender esa función social que identifica a los jueces en el mundo, para estar en aptitud de emitir una sentencia y hacerla valer.
En ese hondo sentido humanístico, el juzgador debe admitir también su rol en un Estado democrático, que no lo constriña ni al legalismo pragmático ni al lógico, sino más bien a esa pulsión humana que la literatura habría de darle.
A decir de Manuel Caballero Bonald, la literatura es una forma de defensa contra las ofensas de la vida…
La idea para mí, en la visión de impartir justicia es radicalmente diferente; es desplazarse más allá de una formación inerte y horizontal hacia una ruptura de lo ordinario y verlo de otro modo, después con ello, servirnos de la literatura para salvarnos todos.
Mario Eduardo Navarro Cabral





