En el frontispicio del templo de Apolo, en Delfos, se inscribe desde hace siglos la máxima socrática “conócete a ti mismo”. Hoy, ante el cúmulo de años y de historia podemos afirmar que seguimos siendo tan desconocidos a nosotros mismos, de forma tal que somos incapaces de resolver satisfactoriamente nuestras propias contradicciones humanas.
El mundo es multifacético y la solución a sus problemas implica enfoques multidisciplinarios, de ahí que el derecho ante la impartición de justicia requiera de un tratamiento interrelacional. Hoy día, el derecho, decididamente se interconecta con otras áreas científicas y sociales, de ahí su vinculación con las neurociencias.
André Bretón, poeta y padre del surrealismo, en su libro “Los vasos comunicantes” nos induce a “mezclar la acción con los sueños” a fin de empeñarnos en “conocer otros mundos” que existen más allá de lo visto marginalmente; tal inducción nos hace pensar no sólo en mundos que trascienden al nuestro, sino los que habitan dentro de nosotros mismos, de ahí que, explorando nuestro interior podamos descubrirnos más, honrando así la máxima inscrita en Delfos.
Si la psicología regula pautas del comportamiento humano desde el punto de vista biológico-conductual, el derecho hoy en día debe evaluar la toma de decisiones judiciales a partir de la conducta humana, sí, pero aún más allá, vinculándose con múltiples disciplinas como la medicina y la bioética, esta última, resultado de una combinación entre biología y filosofía.
En esa línea multidisciplinaria, habría que replantearse quizá la responsabilidad del delincuente frente a las neurociencias. Responsabilidad, conducta, enfermedad, voluntad, libre albedrío, etcétera son conceptos que se exponen en un campo de exploración emergente en el estudio del Derecho humano. A la luz de la ciencia, se ha descubierto que en gran medida el comportamiento humano y la toma de decisiones compete a la intrincada maquinaria nerviosa que opera y funciona desde el inconsciente. El inadecuado flujo de componentes químicos puede producir daños en los sistemas frontal o límbico, inhibiendo o desinhibiendo las emociones, los actos y la toma de decisiones humanas.
Los homicidas evidencian, por ejemplo, daños en los lóbulos frontales (responsables del control de los impulsos). El derecho internacional, por otro lado, discute el uso ético de las neurotecnologías en los interrogatorios, evitando violaciones a la privacidad mental, surgiendo así ese nuevo derecho a “la intimidad colectiva”.
Entonces, se hace imprescindible para nuestras sociedades, legislar sobre neuro derecho, ahondar, por ejemplo, en los nuevos modelos sociales de apoyos y salvaguardas análogos a los denominados juicios de interdicción en donde lo multidisciplinar resulta determinante. Asimismo, es importante reconsiderar para la ciencia jurídica las explicaciones científicas del cerebro humano.
Particularmente no soy proclive a los usos y aplicación desmesurada de la IA, máxime de la poderosa ausencia de valores éticos en su instrumentación, pero sí de aplicar con mayor asertividad las neurotecnologías para basar el derecho y los juicios en evidencias que puedan reducir sesgos, mejorando con ello la justicia, replanteando quizá la responsabilidad penal de los individuos que delinquen, porque ¿lo hacen con libre albedrío y plena conciencia? O ¿son víctimas de una disfunción biológica que los impulsa a alterar las normas sociales establecidas?
Hay estadísticas mundiales que establecen que el 57% de los pacientes con demencia frontotemporal (pérdida de tejido cerebral) suelen presentar comportamiento anti social que les atrae problemas en los tribunales. (Eagleman, 2021)
¿Somos totalmente libres y conscientes de nuestro comportamiento? O ¿somos dependientes de la neurobiología? Ante tales cuestionamientos y los asombrosos hechos científicos ¿debemos replantearnos la asignación de responsabilidades sociales? ¿Debe cambiar la forma de impartir justicia?
En otras palabras, las condiciones que muestra el mundo de hoy son muy distintas a las de hace apenas 50 años y habrá de comprenderse que la justicia debe seguir su curso de una manera más fructífera para el género humano.
Conocernos a nosotros mismos es entonces un imperativo de la sabiduría délfica para conducirnos a la verdad, porque el autoconocimiento, en términos de la filosofía griega precederá siempre a la justicia colectiva.
Mario Eduardo Navarro Cabral





