Panes y flores: un encuentro con la cultura texcocana.
Cuando Miguel de León Portilla publicó en 1980 su libro Toltecáyotl (Toltequidad) declaró que tenía como propósito “hurgar en aspectos sobresalientes de la cultura…” Ese erudito investigador se asomaba entre las culturas antiguas de nuestro México en busca del significado de la sabiduría.
Sabiduría y pasado quisiera entenderlos también como tradición…
Hace algunos años, después de cumplir con algunas funciones de mi vida en el servicio público, el destino me llevó a Texcoco, ese maravilloso lugar del Estado de México al oriente del Lago de Texcoco; sitio histórico con un hondo legado cultural, cuyos paisajes matutinos estremecen cuando se tiene la oportunidad de mirar sus valles. Durante mi infancia tuve muchas vivencias en aquel sitio al visitar el rancho de unos tíos en el poblado de Tlaminca, donde se reúnen una suerte de elementos de la cultura prehispánica en cuyo cerro de Tezcutzingo se aprecia el Valle de México y en donde yacen también los restos arquitectónicos de los baños de Nezahualcóyotl, el más sobresaliente rey de los acolhuas-texcocanos.
En la intermitencia de la vida he partido de Texcoco y vuelto a él, siendo este mi más reciente regreso, que no deja de ser revelador por lo que ahí se vive, se respira y se aprecia: su gente, su gastronomía, sus paisajes, la cultura toda, pero hay dos elementos sobresalientes que me llaman profundamente la atención y que desde mi óptica resumen el propósito cultural de ese pueblo: el pan y las flores.
El pan que desde los cazadores y recolectores natufienses preparaban y consumían hace aproximadamente 9000 años en el oriente próximo, incluso antes de que la agricultura hubiese florecido, hasta nuestros días en que se ha convertido en uno de los alimentos básicos de la humanidad. El pan, sagrado signo de prosperidad, abundancia y civilización, con su enorme carga simbólica es lo que cientos de familias de Texcoco preparan desde los hornos de sus cocinas tradicionales y lo venden, lo ofrecen, lo consumen, lo obsequian, es el pan de los texcocanos.
Para poder penetrar un poco más en la hondura texcocana, está la flor, ese símbolo maravilloso de la vida y la belleza que para los antiguos mexicanos significaba el ciclo de la vida y el retorno. La flor, que en las afirmaciones poéticas del rey Nezahualcóyotl representaba la fragilidad de la existencia:
“Oh flores que nacéis en la tierra, /fragantes hijas del sol y la lluvia! /Vuestros pétalos efímeros como el sueño. /se marchitan al soplo del viento.
Más en vuestra breve danza, /recordáis al hombre: Todo es prestado, nada eterno, ¡sólo el canto perdura!”
La descripción de los campos tapizados de cempasúchil en los meses de octubre y noviembre siempre será insuficiente. Morelianas, Gerberas, Margaritas y Eleonoras entre variados e ingentes cultivos de flor, son una indefinible experiencia que funda la vida de Texcoco.
La coincidencia de pan y flores resulta maravillosa; el cultivo de la flor, la floricultura toda, son el espejo de la gente de Texcoco, que con este apunte sólo he querido reavivar por la belleza de ese lugar tan conocido y por lo que toca a quienes allí realizamos alguna labor me doy por satisfecho de hacer justicia entre panes y flores.





