Durante siglos, la justicia ha dependido de la interpretación humana. Jueces, abogados y académicos analizamos pruebas, versiones, contradicciones y procedimientos para intentar acercarse a la verdad.
Hoy enfrentamos una etapa distinta.
La inteligencia artificial (IA) ya comienza a utilizarse para el análisis de contratos, expedientes y diversos procesos jurídicos. A través de ella pueden detectarse fraudes, predecirse riesgos e incluso sugerirse resoluciones judiciales en ciertos países, sin que ello implique tanta polémica como sucede en otras latitudes. Con esto no pretendo justificar su uso ni desestimar la inteligencia humana, que es única e insustituible.
Y aunque todo ello promete rapidez y eficiencia, también nos plantea una pregunta profundamente humana: ¿Qué pasará cuando dejemos de utilizar el criterio humano y comencemos a depender de respuestas automatizadas?, ¿Qué ocurrirá cuando esta práctica vaya in crescendo? Porque la justicia no solo trata de datos; trata también de matices, intención, conciencia, empatía y realidad humana.
Un algoritmo puede encontrar patrones, pero aún está lejos de comprender el peso emocional de una injusticia, el contexto de una decisión o la complejidad moral detrás de una vida. Por ejemplo en los casos de controversia familiar ¿cómo la IA pudiera interpretar los sentimientos de un niño que frente a un conflicto de lealtad para con sus padres debe tomar la decisión más dolorosa de su vida al tener que elegir con quién vivir?, ¿qué del dolor de una víctima de violencia sexual que ha resultado encinta?. Sin duda la Inteligencia artificial pasaría por alto aquello que es evidente a nuestros sentidos, a nuestras emociones.
El riesgo no es únicamente tecnológico. Es psicológico y social. En realidad, comparar la IA con las operaciones cerebrales humanas resulta engañoso, porque todavía estamos lejos de descubrirnos plenamente a nosotros mismos. Los misterios del cerebro humano siguen siendo inmensos y profundos.
Incluso podríamos acostumbrarnos a creer que todo aquello que responde una inteligencia artificial es automáticamente objetivo, correcto o imparcial, simplemente porque fue procesado por una máquina que consideramos casi infalible. Sin embargo, la historia nos demuestra que incluso los sistemas más avanzados pueden equivocarse al perder contacto con la condición humana.
Y quizá ahí se encuentre el verdadero desafío del futuro de la justicia: no en reemplazar el juicio humano, sino en recordar por qué sigue siendo indispensable. Una sociedad verdaderamente justa no requiere únicamente velocidad para decidir, sino conciencia para comprender.
Cuando se trata de la evolución de las sociedades y del género humano, siempre existe una tendencia a deconstruir lo obsoleto para dar paso a nuevas formas, nuevos modelos y nuevas estructuras. Sin embargo, me parece un riesgo suicida para la humanidad el atrevimiento de intentar deconstruir la maravillosa inteligencia humana.
Mario Eduardo Navarro Cabral






Deja una respuesta